NOTA DEL AUTOR: la siguiente entrevista fue publicada de manera más
resumida en la revista Danza en Escena Nº 48 (Ene-Feb-Mar 2021) AQUÍ, pero deseaba compartirla de forma completa, en agradecimiento a la tremenda generosidad
que tuvo para compartir pasajes y anécdotas de su vida.
Desde Danza en Escena, siempre hemos intentado recordar y
valorar el trabajo de esos grandes profesionales, muchas veces anónimos, que en
realidad son los verdaderos artífices de la danza: LOS MAESTROS Y MAESTRAS. Sin
esos grandes profesionales, se hace más que evidente, no habría grandes
bailarines y bailarinas encima de un escenario.
En esta ocasión, entrevistamos a Anael Martín, que con la
misma generosidad que desprende en sus clases o ensayos, nos comparte algunas de
sus vivencias profesionales y personales, con el bagaje inconmensurable de su
vida como bailarina en el Ballet Nacional de Cuba, y como maestra de ballet,
radicada hasta hoy día en España.
Nos cuenta que su verdadero nombre es Ana Elena Martin Eyia,
“la combinación del nombre de mis dos abuelas, Ana la española y Elena la
libanesa”
Hija de familias modestas, nació en La Habana, Cuba, el 30
de junio de 1957, dos años antes de que Fidel Castro hiciera triunfar La
Revolución. Su madre Hilda Eyia Suri, hija de libaneses, logró doctorarse en
Magisterio y su padre Gudelio Martin Rebelles, hijo de españoles, lograron
abrirse camino en esa sociedad y trabajaron en el Ministerio Comunicaciones.
-¿Cómo fue su infancia en su Cuba natal y cuál fue su
motivación o las circunstancias que le llevaron a acercase a la danza?
En Cuba fui una niña feliz, nací al principio de una
“Revolución”, con hermosos e ilusionados jóvenes que tenían ganas de hacer
cosas maravillosas para el pueblo de Cuba. Los años 60 fueron un hervidero de
ideas, de altruismo, de ilusiones y de amor compartido.
Yo no conocía el ballet, pero si sabía que quería subir a
un escenario, de hecho, lo hacía a menudo. Mi padre escribía poesías que
aprendía de memoria y recitaba en todos los actos públicos que realizaban en la
Empresa Telefónica, donde ellos trabajaban. Mi madre aprovechando ese aparente
instinto artístico, me llevo a hacer las pruebas para la Escuela Provincial de
Ballet de la Habana, donde cursé mis primeros 4 años de Formación Elemental de
Ballet. Corría el año 1968 y yo acababa de cumplir 11 años.
En mi caso no conocía mucho de danza, alguna vez había
visto algo de ballet por la tele. Ningún precedente artístico en mi familia, aunque
al principio de la Revolución se crearon muchos grupos aficionados de música y
teatro en los centros de trabajo y mis padres, trabajadores de Comunicaciones,
ambos, cantaban en una coral. Mi padre además estaba en el grupo de artes
dramáticas.
La danza se benefició de aquel período tan constructivo
por lo cual Fernando y Alicia Alonso pudieron crear, gracias a un generoso
presupuesto para la época, el Ballet Nacional de Cuba y por ende la Escuela
Nacional de Ballet donde podían estudiar gratuitamente todos los que tuvieran
esa vocación, con solamente pasar las pruebas de aptitud.
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